viernes, 31 de octubre de 2008

Lo que pudo ser una tragedia acabó en un susto

Como muchos de ustedes sabrán, queridos lectores, ayer explotó una bomba a las 10.58 horas en la Universidad de Navarra.
La suerte, el destino... quiso que yo anulara la cita que tenía en el Edificio Central (lugar donde estalló el artefacto) a las 11 de la mañana. Para llegar allí, desde mi facultad, tenía que atravesar el dichoso aparcamiento que tantas y tantas veces he cruzado en este año. La zona en la que explotó el coche es una prolongación del Edificio Central, donde se imparten asignaturas de casi todas las carreras. Casi sin abandonar el aparcamiento hay un soportal, en el que yo había quedado con mi amiga para dirigirnos luego a la cafetería del Central. Como llovía sin parar y mi estado de salud no era precisamente bueno, decidí a última hora quedarme en casa.

Y desde mi casa (en el barrio de Iturrama) fue desde donde sentí la explosión. Los cristales y las persianas de toda la casa temblaron, y yo sólo puede pensar "joder, ¿qué coño habrá sido eso?" En ningún momento lo relacioné con ningún atentado. No había pasado ni un minuto -al menos eso me pareció a mí- cuando la calle se convirtió en un reguero de ambulancias, DYA, Policía Foral, Guardia Civil, Policía Nacional... Al poco tiempo recibí una llamada telefónica de una compañera del Diario La Rioja, Belén M.Z.
-Hola María, ¿estás bien?
-Bueno... (decía yo refiriéndome a mi actual estado de salud). ¿Por qué lo dices?
- Ha explotado una bomba en Pamplona...en la universidad.
- ¿Qué dices? ¿En qué universidad? (Me puse muy nerviosa y al tiempo que hablaba con Belén miraba páginas de distintos periódicos en Internet que aún no decían nada. Finalmente en una de ellas saltó la noticia). Ya lo veo. ¡Ha sido en la mía! Joder...
- Pero entonces, ¿no te has enterado de nada?
- No, no.

Continuamos hablando de cómo nos iba...de que llevábamos mucho tiempo sin vernos (desde el día en que acabé las prácticas...). Pero mi cabeza estaba con mis compañeros. Las noticias que salían decían que había sido en el aparcamiento que está entre la Facultad de Comunicación y el Edificio de Bibliotecas. Pensé entonces "todas las tardes cojo el coche con una compañera allí".
Afortunadamente las noticias que iban saliendo en Internet eran buenas, había varios -las cifras variaban según el medio- heridos leves. Me tranquilicé y respiré. Fue entonces cuando me di cuenta de que la sacudida de antes, el temblor de los cristales y de las persianas de mi casa, habían sido producidos por la onda expansiva.
Llamé a mi madre por teléfono, que aún no se había enterado de lo sucedido, para decirle que estaba bien, que estaba en casa y que ya hablaríamos, que tenía que hablar con mis compañeros.
Después llamé a compañeros de clase que podían estar a esa hora en dicho edificio. Pero todos comunicaban. Encendí la televisión y un compañero de cuarto relató en A3 que había sido en el otro parking de abajo, entre el Central y el Edificio de Bibliotecas, a las 10.58 horas de la mañana, en el mismo lugar que hacía 6 años.
Fue entonces cuando me di cuenta de que en el día de mi 19 cumpleaños probablemente había vuelto a nacer. A esa misma hora tenía que estar yo a paso y medio (4 ó 5 metros) del aparcamiento, en el soportal que citaba antes. (En la fotografía el Central es el que está en un color gris y el soportal se ve a la derecha, junto al coche rojo, y a su derecha, cuando termina el porche está el aparcamiento).
El día se sucedió con muchas llamadas de teléfono. Quería llorar pero no podía. Era mi cumpleaños y ni siquiera lo recordaba. Muchas personas me enviaban mensajes de felicitaciones, aún no se habían enterado de la frustrada tragedia.
Por fin consegui hablar con diferentes compañeros o conocidos de clase. Algunos me contaban que la profesora perdió el equilibrio y que ellos lo notaron en sus sillas. Otros que los cristales se les calleron encima. Una chica me contó que tenía cortes en el cuello, pero que no tuvo que ser atendida por los servicios sanitarios. Pero aún me sobrecogió más la historia de un compañero que se dirigía a clase a las 11 a ese edificio. Me dijo que llegaba tarde, que iba andando sólo por el campus porque venía de la Facultad. Estaba a unos 500 metros cuando explotó la bomba. No sabía qué hacer. Se quedó parado. Acto seguido vio correr a la gente hacia él gritándole que era una bomba y que se marchara: "Vi como gente con la cara ensangrentada corría hacia mí. Me asuste mucho".
Pasadas las tres de la tarde mi teléfono paró de sonar, se relajó un poco. Pero tras el telediario tuve otro aluvión de llamadas. La mayoría se interesaban por mi estado, y luego volvían a llamar para felicitarme, fecha que, con los nervios, pasaban por alto. Mi madre tampoco paró de atender llamadas en toda la mañana en casa.
Hoy he madrugado, he escrito este post y ahora me pondré a estudiar, el lunes tengo examen, y el que tenía ayer se trasladará -supongo- a la semana que viene. Lo mejor es recuperar la 'normalidad' cuanto antes.
Hoy tenemos convocada una concentración silenciosa a las 12h. en la explanada de la Facultad de Comunicación, que está entre el Edificio de Bibliotecas y mi propia facultad. Quizá un acto como este no sirva 'para nada', quizá no sirva para achantar a los terroristas. Pero para nosotros, los que sufrimos esta incalificable acción, significa mucho. Significa solidaridad, protesta, libertad.
No sé como será mi 20 cumpleaños, lo que sí sé es cómo ha sido mi 19. El año que viene, sin duda alguna, tendré algo más que celebrar en este día... porque lo que pudo ser una tragedia acabó siendo un susto.